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¿A cuantos personajes históricos recononces?
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lunes, 26 de marzo de 2012

El día que España se limpió el culo con el honor inglés




Revisando artículos antiguos del blog descubro que hace tiempo que no os cuento una batallita de las mías, así que parece que toca una de guerra (que como decía Lenin, aceleraban la historia). Poneos el tricornio, porque hoy nos vamos a ver lo que pasó en Cartagena de las Indias en 1741

Ya se sabe (o quizás no) que España en su tiempo, no era una monarquía bananera, sino un imperio de estos de trompetillas y mucho dorado en los cuadros. Los bastos dominios de los reyes Bobones se extendían por las cálidas aguas caribeñas poseyendo numerosas islas así como gran parte del continente Sudamericano. Era cierto que a mediados del siglo XVIII el reino estaba en decadencia, y que las colonias no es que fuesen muy bien, pero oye, solo pensar que en un islote lleno de monos los españoles teníamos una bandera daba a los reyes una alegría… Yo pienso que se podían conformar con las alegrías de controlar todo un país, pero en fin.

No obstante, unos hombrecillos bigotudos y que hablaban raro, llamados británicos, tacharon de gran bobada aquel sentimiento posesivo de nuestros reyes. Eso si, no quiero decir con esto que les pareciese mal poseer islas. ¡Que va! Si tenían también ellos sus colonias de ultra mar (como Jamaica). Lo que si que consideraban injusto es que un imperio tuviese territorios por tener, sin sacarles todo el juguillo posible. Por eso sintieron la llamada del colonialismo y calzándose las polainas, decidieron arrebatar a España el control del caribe. Pero claro ¿Cómo lo hacemos? Estaba claro que por medio de la ofensiva pero… ¿Iniciar una guerra? El primer plan de los ingleses fue el de hundir la maltrecha economía española. Tras meter un poco la zarpa en la guerra de Sucesión, Gran Bretaña consiguió el derecho de vender esclavos negros en América y otra serie de chucherias comerciales que le permitieron joder un poco a España en lo que al vende-compra caribeño se refería. Pero nada: Aferraos a sus islas no había dios que pudiese hundir el comercio español, que un principio parecía paupérrimo. Además, el imperio no se ando con chiquitas. Tras intentar invadir Gran Bretaña (y reclamar Gibraltar y otras tantas cosas) consiguió prohibir a los ingleses el comercio directo con las Américas Españolas. Aun así, los ingleses probaron métodos menos diplomáticos de ganar: A base de corsarios, contrabando y otras acciones dignas de Al Capone.

Pero un maravilloso día a Inglaterra se le presentó la oportunidad de empezar a pegar cañonazos. Todo comenzó con el arresto de un contrabandista inglés llamado Jenkins a manos de un capitán español, un tal Fandiño. El capitán, que se había levantado de buen humor, decidió cortar la oreja al marino como castigo (con un gran abucheo por parte de la tripulación, que esperaban que el capitán no fuese TAN benévolo). Tras cortársela, dio a Jenkins su oreja y le dijo como a un niño pequeño: Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.

Jenkins, al cual no le gustó mucho que el capitán Fandiño le afeitase, guardó la oreja en un bote y se fue a Londres a llorarle a Jorge II. Tras muchas cavilaciones y vueltas de un lado para otro, el rey decidió utilizar esto como excusa para poder arrebatar a España sus islas mal aprovechadas y así, por el bien de (casi) todos, lucrarse.

Y nada, los soldados se embarcaron y cantando el Lilliburlero, se fueron a pegar tiros en las islas Españolas a manos de un oficial llamado Vernon, apodado Old Grog (no por la bebida, sino por el tipo de casaca que usaba). Así comenzó lo que se conoce como la Guerra de La oreja de Jenkins (si, si, un nombre tonto para una guerra de motivos tontos)

Vernon decidió atacar primero la población de Puerto Bello, que tras derrocar a las mal organizadas tropas, conquistó sin mucho esfuerzo. Su acción se celebró con grandes vítores (de hecho, la calle Londinense de Portobello, famosa por su mercadillo, le debe su nombre a esta batalla) e incluso se celebró una cena en su honor, cena en la que se presentó, por primera vez al mundo, el famoso God Save the King

Tras otros éxitos facilongos a manos de Vernon, recibió cartas de numerosos fans que le instaban a tomar la ciudad de Cartagena de las Indias (muy entrometidos ellos). Vernon, encantau de todo el caso que le estaban haciendo, agarró la pluma y el papel y escribió una carta al teniente encargado de la defensa de la Cartagena diciendo: A los prisioneros los trato bien, a pesar de que no se lo merecen.

En el momento en el que la echó al buzón dieciochesco no lo supo, pero acababa de provocar a una de las mayores fieras que España tuvo el glorioso honor de parir entre sangre y fuego: Blas de Lezo





Para empezar, digamos que Blas de Lezo venía ya de una familia que tenía el salitre en las venas: Gran parte de su linaje había sido marino. Tras irse a Francia a aprender a sumar con los dedos, se enrolló como guardiamarina (grumetillo de almirante en otras palabras) con doce años y comenzó a hacer lo que mejor se le daba: Sufrin cual legionario.

A los catorce años un cañonazo le voló la pierna izquierda, a los diecisiete perdió un ojo y a los veinticinco la movilidad del brazo derecho de un mosquetazo. Como la marina española no es desconsiderada, junto a lo que quedó de él dejaron la medalla de capitán y le dieron unas palmaditas en el papo diciendo: Te lo has ganado nene.

El hecho de que quedase como un action-man de todo a cien le valió el sobrenombre de Patapalo (que si que si, como los polos) y también el de Medio Hombre.. Eso sí, si tan solo era medio, no sé que hubiera sido de España con un Blas de Lezo entero, porque…

Cual antivirus de corsarios limpió el Caribe de sus actividades delictivas y dio caza al famoso John Clipperton, pirata conocido principalmente por poseer la isla más ridícula del mundo. Poniéndose chulo hizo de cobrador del cañón con la república de Génova, que debía a España la friolera de dos millones de pesos. Tras enseñarles un reloj y demostrar que sus cañoneros podían darle a una mosca a medio kilómetro de distancia, Génova pagó acogoná.

Siguiendo sus correrías, atacó Orán dos veces: Una para conquistarla y otra para conquistarla pero ya en condiciones.

Este auténtico personaje fue, estoy casi seguro (y lo digo por la coincidencia del mote) inspiración para crear al personaje de Don Marcial del Trafalgar de Galdós:

Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe de los mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase.

Pero dejando a un lado la literatura, volvamos a Medio Hombre, el de verdad.

Este, al recibir la epístola de Vernon, contestó en la línea de la carta recibida:

“Puedo asegurarle a Vuestra Excelencia, que si yo me hubiera hallado en Portobelo, se lo habría impedido, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, habría ido también a buscarlo a cualquier otra parte, persuadiéndome de que el ánimo que faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener vuestra cobardía”

Vernon, más picao que el ajo de un revuelto soltó amarras en Port Royal (Jamaica) con 186 barcos armados con 2000 cañones y portando 27.600 almas, entre ellas, la del hermanastro de George Washington. ¡Cualquiera le tosía!

Cuando los barcos llegaron a Cartagena el 13 de marzo de 1741, Patapalo contaba solo con 6 barcos, 3000 hombres y unos cuantos arqueros nativos dispuestos a darlo to por el reino que les había robado sus tierras. Además, destacó la figura del ingeniero militar Carlos Desnaux, el cual dando dos martillazos arregló como pudo las ya de por si desgastadas fortalezas que rodeaban la ciudad. Viendo el mapa casero que aquí adjunto, procedo a contar lo que pasó en aquel sitio a la ciudad de Cartagena:


Debido a que la entrada por la batería de Santa Cruz resultaba arriesgada, Vernon atacó primero las de Tierra Bomba (nombre original para una isla en la que poner un fuerte) y San José, desembarcando a sus soldados y consiguiendo en mi poco tiempo cambiar la bandera que ondeaba en el tejado ¡Una gran infamia para los españoles! Quedando ya solo por tomar la guinda: Cartagena y sus baterías colindantes (Pastelillo y San Felipe) Vernon decide atacar con sus potentes barcos. No obstante, como Medio-Hombre se lo olió desde el primer momento, decidió desembarcar los cañones de sus barcos y una vez hubiese hundido los primeros barcos con las piezas en tierra, taponar con ellos el acceso al puerto, dejado al resto de la flota inglesa a merced de los cañones en un laberinto de fragatas a medio-hundir. Perdiendo así gran parte de sus barcos, los ingleses de retiran con el mástil entre las piernas y deciden tomar la fortaleza a la manera de San Fernando: Un rato a pie y otro andando.

Cuando desembarcan cerca de la batería de Manzanillo, caen presa de las trampas de los españoles y de los mosquitos, avanzando cual vieja reumática por la espesa selva tropical. Tras perder a 1500 hombres en una emboscada, se retiran y vuelven a intentarlo. Viendo que los españoles se retiraban al fuerte dijeron: ¡Esta es la buena!

No obstante fue el más penoso de todos los intentos, ya que al intentar salvar el muro con unas escalas construidas midiendo a ojo la altura de las murallas, descubrieron con tremendo horror que Lezo había mandado construir un foso de dos metros, quedando así las escalas cortas y pudiendo alcanzar con las uñas el bordillo de la muralla solo los soldados más altos, pero siendo insuficiente. Murieron 8.000 pinpiolillos.

Vernon ya con la vena del cuello a punto de reventar mando bombardear cual niño con un berrinche la fortaleza durante un mes. Pero amigos míos, lo que no pensó es que lo peor para la puntería de sus cañoneros era las enfermedades tropicales y el calor. El alto mando británico poniendo cara de asco le mando retirarse. Supongo que la cara de asco pasó a cara rabiosa cuando Vernon les informó que había tenido que quemar la mitad de sus barcos por falta de tripulantes.

Antes de retirarse, Vernon escribió otra cartita diciendo que volvería cual malo peliculero, a lo que Lezo, haciendo uso de su sulería contestó: Más te vale traer mas barcos porque los que te han quedado no van a servir ni para llevar carbón (cabrón le faltó añadir)

Todo parecía ir a acabar como en una peli: Ganando los “buenos”. Pero Patapalo jamás fue capaz de contar esta gran victoria, ya que la peste producida por los cadáveres (de los ingleses mayormente) le quitó las alegrías de un plumazo mandándolo al camposanto junto con su pierna y su ojo previamente enterrados cual pez de colores. ¡Al final los soldados consiguieron podridos lo que no habían logrado vivos!

Así, Gran Bretaña tuvo que reconocer la derrota y tragarse con patatas sus bravuconadas, como la de acuñar una serie de monedas que conmemoraban el hipotético hecho de MedioHombre (con las dos patas y todo) rindiéndose a Vernon. Hay quien asegura que a los ingleses esta derrota les jodió tanto que se ocultó el hecho e incluso se lo excluyó de los libros de historia. Seguramente, cuando un tal Vernon, falto de un ojo y de un brazo, hundió la flota española en Trafalgar, toda Inglaterra pensó: Te la teníamos jurada, Patapalo.

Lilliburlero bullen a la…



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